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Prensa - Etiquetado de alimentos

El prestigioso semanario uruguayo Búsqueda, publicó en su edición de hoy, jueves 5 de octubre de 2017, la columna de opinión del Dr. Pablo Monsuárez refereida al etiquetado de alimentos. 

A continuación, el texto completo de la publicación.


Etiquetado de alimentos

Nº1938 - 05 AL 11 DE OCTUBRE DE 2017

Comer saludable es, sin duda, un objetivo loable.

Determinar los límites de alimentos razonablemente saludables, y a precios accesibles para la mayor cantidad de personas, es el desafío para los próximos años.

Comer de manera balanceada es parte de una cultura y un hábito en el que los consumidores van demandando, de manera progresiva, alimentos más saludables. La naturaleza cultural de este cambio requiere de dos factores clave: tiempo y educación. Con seguridad, la sociedad incorporará este cambio de manera constante y paulatina, recayendo en futuras generaciones la consolidación de este cambio positivo para la salud.

La naturaleza misma del cambio, eminentemente cultural, no puede ser decretada por una norma de aplicación inmediata, sino que la normativa se deberá ir ajustando con el paso del tiempo, acompañando las demandas del consumidor y el contexto en que se debe aplicar.

Por esas razones, la normativa sobre etiquetado debe buscar regular razonablemente el proceso de cambio en el hábito alimenticio de la población, partiendo de la base de que, actualmente, el contexto en el que se aplicará la normativa no presenta las condiciones ideales como para generar un cambio abrupto, y que la naturaleza misma del cambio que se busca bloquea cualquier posibilidad de cambios radicales, en lo temporal o en lo cultural.  La normativa debería aspirar, con sentido realista, a introducir los cambios que sean de concreción posible y que realmente puedan contribuir a iniciar el cambio de hábito que se busca, utilizando primordialmente la información veraz y clara sobre la composición de los productos y la educación de los consumidores.

La normativa debe poner énfasis en que se informe al consumidor sobre el alimento que consume y las consecuencias que le puede generar en la salud, y debe evitar recurrir al temor como disparador del cambio. Todo cambio cultural profundo se gesta con un sentido positivo. Es la información sobre los beneficios de una alimentación saludable la que disparará el cambio real, y también la que lo perpetuará en el tiempo. Por el contrario, el miedo a las consecuencias de los alimentos que ingerimos generará una reacción inmediata negativa y adversa por parte del consumidor. Pero como toda reacción, será temporal, pasajera, durará tanto como dure el susto, pues no tiene bases sólidas. Solamente la información y la educación sobre las ventajas de una dieta balanceada con la ingesta de alimentos saludables generarán un cambio profundo y duradero.

¿Esto significa que hay que educar a varias generaciones antes de poder implementar el cambio? Por cierto no. Es razonable que se empiece ahora y que se legisle en ese sentido. Pero que el eje del cambio, la base sobre la que se asiente, tenga un sentido definidamente positivo, constructivo, en que la reacción del consumidor sea generada por el convencimiento de que ingerir alimentos saludables tendrá consecuencias beneficiosas para su vida y su salud. No basado en el miedo a ingerir alimentos que tienen una presentación atemorizante y efectista, con información para la que el consumidor aún no fue educado para poder entender. No se debe desestimular el consumo de ciertos alimentos por miedo, sino por educación e información clara y veraz.

Por lo tanto: ¿tener una normativa sobre alimentación saludable y etiquetado es una buena medida? Sí, lo es. El punto está en definir por dónde se debe empezar, el alcance inicial, los límites y las consecuencias que necesariamente derivan de su aplicación ahora, ya que nos encontramos al inicio de un cambio cultural muy importante.

En algunos artículos de prensa se ha planteado que los productores e importadores de artículos envasados serían los más perjudicados por la aplicación de la ley. Pues bien, no debería ser así. Si lo que busca la ley es proteger al consumidor, también se verán afectados entonces otros muchos comercios, como las panaderías en supermercados y barrios, restaurantes, casas de comida rápida, rotiserías, etc., etc. La ley se debe aplicar a todos los productos no saludables, sin excepción, con independencia de quién o dónde se fabriquen. No hacerlo generará una diferencia injustificada de tratamiento entre empresas que fabrican productos envasados y las que no. Y partiendo de la base de que lo que se intenta proteger con la ley es la salud de la población, no tiene sentido diferenciar entre alimentos envasados o no envasados, sino entre alimentos saludables y no saludables.

Si se opta por legislar generando temor en lugar de informar con claridad, sin estridencias ni efectismos, entonces el cambio demorará más, o no se dará siquiera. Y de ocurrir, será errático y cíclico, pues aparecerán las modalidades de siempre, como el contrabando o la imitación de marcas o productos, que indefectiblemente serán comprados y consumidos por aquellas personas con menores recursos económicos. Esta es una realidad histórica innegable.

Si se apunta a iniciar este proceso como si no fuera tal, como si no fuera a requerir tiempo y educación de los consumidores todos, se generarán consecuencias particularmente negativas para el proceso en sí mismo, y como consecuencia, para la salud de la población, que es lo que la ley busca proteger. Se verán perjudicadas empresas formales que dan empleo formal, sin que se pueda realizar una aplicación igualitaria entre todos los productores de alimentos.

Comer saludable sigue siendo el objetivo. Educar debe ser el camino.

Dr. Pablo Monsuárez

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